La palabra cansancio no existe. La inspiración, divina o no, hace el resto para que el cuerpo se recupere de una paliza de más de tres horas contra una de las mejores raquetas del mundo. Djokovic sufrió, pero ganó contra Murray en las semifinales. En menos de veinticuatro horas le esperaba una final. En tierra batida. Territorio de Nadal.
Pero no. El repertorio del serbio es tan extenso como magnífico. No hay ni una sola fisura en su juego. Saque, derecha, volea, revés, dejadas, golpes planos, liftados y una serie de ángulos que sólo están al alcance de los más grandes. Sus victorias son indiscutibles. Su juego es preciso y estético.
¿Y Nadal? A diferencia de las últimas finales, el balear fue más agresivo, pero no le bastó. Da una extrañísima sensación de vulnerabilidad en tierra batida. Últimamente va a remolque del rival y apenas lleva la iniciativa. Algo tiene que cambiar en su juego, a pesar de que el número uno ya lo tiene más que perdido.
Djokovic tiene ante sí el mayor reto de su carrera. Destronar al rey en París. Con poco, tras Roland Garros, será el nuevo número uno en una era en la que, además de ser superior, se siente, lo nota y lo transmite. Una especie de huracán, consciente de su potencial tenístico.
Detrás estarán esperando tenistas como Nadal, Federer o Murray. Y aprovecharán cualquier resquicio o titubeo de un huracán que, a pesar de todo, tendrá que remitir. Porque la derrota llegará. Y ya sabemos que en el circuito, aparte de llegar a ser un Top-10 o Top-5, lo más complicado es mantenerse en lo más alto.
Berdych, Soderling, Verdasco, Davydenko y el renacido Gasquet esperan. Toca volver a pisar la Philippe Chatrier. Dos meses de pasión tenística, con Roland Garros y Wimbledon a la vuelta de la esquina.
Pese a que sólo hemos publicado el video del vuelo, los anteriores no tienen desperdicio y demuestran que Djokovic, además de ser un gran tenista, es un tío de lo más enrollado fuera de la cancha, capaz de hacer cualquier locura.
Conocido en la década de los veinte como barnstorming, algunos pilotos de aviación popularizaron diferentes acrobacias en aviones hasta que los graves accidentes registradosprohibieron esa espectacular práctica.
Casi 100 años después, HEAD y Novak Djokovic intentan demostrar si uno de los atrevimientosmás sorprendentes de aquellos pioneros es posible llevarlo a cabo o no. Es así como el e Belgrado recibe el nuevo reto planteado por HEAD y sus fans a través de la fanpage de HEAD en Facebook sobre si era posible que el tenista serbio podría jugar sobre un avión, el mítico biplano ruso Antonov 2 que fue parte del ejército de la Alemania Oriental.
La escena transcurre en un desierto, en el que ‘Nole’ tan sólo cuenta con un discreto material de vuelo y su raqueta HEAD Youtek IG Speed, con la que tantos partidos está ganando esta temporada.
Ahora sí; de una dictadura de dos hemos pasado al triunvirato, encabezado por Nadal y seguido, de cerca, por Djokovic y Federer.
Novak Djokovic llevaba varias temporadas siendo la eterna promesa. Los títulos, sin embargo, llegaban con cuentagotas. Le costaba un mundo ganar cualquier Masters 1000. Y ya no hablemos de los Grand Slam, territorio vetado por Roger Federer y Rafael Nadal en el último lustro tenístico.
El serbio, no obstante, sigue siendo el mismo; un tenista al que es difícil encontrarle algún defecto. Tiene una buena derecha, un magnífico revés a dos manos, un saque más o menos aceptable y decisivo y un movimiento de pies que le hacen estar, casi siempre, en el lugar y el momento indicados.
¿Qué le fallaba, entonces? La confianza. El jugar igual en los momentos decisivos. El ser expeditivo cuando el partido te lo pide. Ésa es su mejor arma. Nole ha ganado muchísimo en confianza. Tanta que le permite ganar a Nadal en una final de largo recorrido y a Federer en unas semifinales de Masters 1000.
El tenista balcánico se atreve más y es más descarado. Les ha perdido el respeto, en el buen sentido, y ahora se siente mucho más grande y seguro en la pista. La inseguridad de antaño ya es historia. Él es ahora el aspirante. Le tiene comida la moral a Federer, al que barrió en la final de Dubai, y quiere hacer lo mismo con el número uno.
No hay tiempo para descansar ni para celebrar. Miami es la última estación antes de la temporada de tierra. Y en el horizonte ya se asoman las grandes citas. Dos Grand Slam que jamás ha ganado: Roland Garros y Wimbledon. Veremos de lo que es capaz Djokovic.
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