
Verdasco es sólo un ejemplo en el que hay nombres como el de Ernest Gulbis u Olivier Rochus. Mucho tenis, grandes talentos y pocos resultados.
El día y la noche. Te pueden hacer el partido de tu vida y complicarte la existencia en un torneo. Incluso en un Grand Slam. Que se lo digan, por ejemplo, a Nadal, que sudó de lo lindo para eliminar a Verdasco en una semifinal memorable en Melbourne, en la que el madrileño exhibió su mejor tenis.
Eso queda, sin embargo, muy lejos. Quedan lejos los días y momentos de gloria en los que Fernando se paseaba por el Top-10 de la ATP. Su talento y su tenis es innegable: es, junto a Feliciano, el mejor sacador español; tiene uno de los mejores reveses del circuito; y su drive, siendo zurdo, sigue haciendo daño.
El problema está, por supuesto, en la cabeza. La exigencia mental del Top-10, y más con los fantásticos tenistas de los que disfrutamos en el circuito actual, es durísima. Si ya es difícil llegar (que se lo digan a Almagro, que ha tardado lo suyo en llegar; veremos cuánto tiempo aguanta), lo más complicado de todo es mantenerse.
Al talento se le tiene que sumar, por lo tanto, la exigencia del trabajo diario. Y Verdasco, por A o por B, ha dejado de estar en las quinielas de los favoritos para los grandes eventos. Él mismo se ha borrado. Ha entrado en una espiral en la que es fácil caer si uno deja de pisar el acelerador. Y de la que es difícil salir.
Ahora vemos como Milos Raonic, un auténtico portento de la naturaleza, se está haciendo un hueco en el circuito. Veremos si no es un nuevo Gulbis o Rochus; jóvenes de innegables capacidades, pero alérgicos al trabajo que se exige cuando uno está al máximo nivel.
Llegar, asentarse y trabajar. El talento es innato. Y no se es grande si uno no está por la labor de comprometerse a diario.





